Fábrica abierta de creación analógica
Pere IV, 345 08020 Barcelona

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Mediar Fracturas.
Un planteamiento inicial hacia el roce


Tocar algo o a alguien es donde emerge el contenido: tocar el suelo, tocar la ciudad, tocar a otra persona. El potencial de una obra de arte radica no solo en el objeto o en el concepto; más bien, se ubica en la naturaleza del contacto entre el objeto, las personas y el mundo.

Olafur Eliasson

 

“Contacto” y “contagio” son dos acepciones que vienen de la misma raíz latina, cum (“junto”, “todo”, “conjuntamente”) y tangere (“tocar”, “palpar”, “agarrar”, “probar”, “estar junto a”). Parece como si los valores positivos y negativos de ambas palabras permanecieran unidos por un mismo hilo en una gradación que varía entre dos extremos opuestos, porque cuando se produce el contagio, el efecto que genera de forma inmediata es justamente lo opuesto: evitar el contacto.

Como cuerpos sociales que somos, nuestro crecimiento y supervivencia dependen de la comunicación y cooperación con otros cuerpos, en una interdependencia afectiva que resulta vital. Desvirtuar este vínculo entre los cuerpos no puede dar lugar sino a una pérdida de contacto social, que puede llegar a desembocar en problemas de salud, afectivos y psicológicos.

La situación actual de la covid-19 en la que (des)vivimos ha llevado a evidenciar la vulnerabilidad de las interacciones humanas cuando precisamente se niegan los cuerpos. Desde la aparición del virus y la declaración del estado de alarma, establecer contacto físico con otro cuerpo se ha convertido en un “peligro” y hasta en una gran “amenaza” social. Tocar, acariciar, rozar, besar, abrazar, así como todas aquellas acciones que impliquen un “estar junto a” otros cuerpos, permanecen en cuarentena. Y con ello, quedan también recluidas nuestras relaciones, nuestro bienestar social, emocional y psicológico, nuestro sistema inmunológico, nuestros deseos y hasta nuestras precarias economías.

Se hace necesario, por tanto, reivindicar la importancia del encuentro físico entre los cuerpos, exponiendo tanto sus fisuras como sus límites y vulnerabilidades. Somos, ante todo, cuerpos analógicos y políticos, lugares de producción de conocimiento y memoria, de simbiosis e intercambio, de relaciones sociales y ecológicas. En esta función, los cuerpos generan formas de expansión literal y sensorial que hacen que los sistemas y situaciones que se crean fuera de los cuerpos también se manifiesten de forma interiorizada. Es por ello que es indispensable preservar y cuidar estas funciones biológicas que aseguren su protección, así como también su estabilidad inmunológico-afectiva.

Ante esta situación crítica de los cuerpos como consecuencia de la crisis sanitaria, creemos que la respuesta desde la cultura no debería ser, como única vía, la de una virtualización generalizada. Se vuelve necesario desbordar las pantallas que habitamos digitalmente para explorar otras formas de acompañarse que vayan más allá de la conexión virtual, donde desaparecen infinitudes de percepciones como el olor, el tacto, el gusto y donde los ojos se someten a una visión enfocada y a corta distancia. Con la virtualización, desaparece también el encuentro con lo desconocido y lo no previsto.       

Por ello, pensamos necesario preservar y reconstruir esta dimensión analógica de los cuerpos, visibilizando la fragilidad y vulnerabilidad de las relaciones humanas, erigiendo condiciones de posibilidad de lo sensible en el espacio social, y proponiendo estrategias de reconexión entre los cuerpos que produzcan contenidos potenciales como fruto de otras formas de interacción posibles.

La cultura necesita que los cuerpos vuelvan a estar presentes. Y también los cuerpos necesitamos de la cultura para reconectarnos y para pensar nuevas maneras de convivencia y ensayarlas. Porque el arte permite traspasar la frontera de lo impensable y experimentarlo como real, abriendo así el abanico de los posibles. Esto le confiere un gran potencial de cambio de las subjetividades individuales y colectivas hacia nuevas formas de coexistencia más resilientes. Por tanto, una sociedad mejor preparada para afrontar los cambios necesita de la cultura y de la interconexión de los cuerpos (entre los cuerpos y éstos con el sistema ecológico que los alberga).

En este sentido, la necesidad que debe afrontar el arte es justamente la de mediar entre los cuerpos. Esta mediación debe consistir tanto en visibilizar las problemáticas que plantean estas fisuras como en proponer formas positivas de construir la relación con otros cuerpos. El arte debe ser capaz de mediar justamente en esa gran fractura enraizada entre la actual negación de los cuerpos (contagio) y la urgente necesidad de “estar junto a” ellos (contacto).

Tejer, construir relaciones, crear proximidad, cuidar, son realmente los elementos mediadores para reconstruir nuestras interacciones sociales. En este sentido, si bien existen ciertos elementos mediadores que producen nuestra seguridad, como el uso de mascarillas, guantes y otros compendios profilácticos, éstos también establecen barreras de interacción entre los cuerpos y no dan lugar a otras formas posibles de habitabilidad, en especial del modo en que aparecen habitualmente formulados en los protocolos.

Generar formas positivas de encuentro entre cuerpos comienza por posibilitar su expansión, su crecimiento hacia nuevas vías de inter-habitabilidad. Necesitamos expandir los cuerpos más que nunca, germinar sobre cuerpos yermos plastificados para dar a luz a formas de vida que viabilicen nuestra seguridad y subsistencia.

En este papel, el arte constituye nuestro órgano extensible, un cuerpo sensible que inspira, espira, conspira (con-spirare: respirar juntos), que escucha, que se adapta, que sobrevive. Sin duda, su capacidad transversal y, a la vez, inclusiva, permite erosionar los muros erigidos por el miedo y el aislamiento, afirmando el cuerpo y los sentidos, posibilitando espacios para la comprensión y la empatía mutua, creando nuevas formas de habitar el mundo, allá donde los cuerpos, estando también seguros, se hallen más libres.

 

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